Martín Gomez

Vivir solo cuesta vida

Nacido en Argentina, veraneó siempre en Punta del Este. Los veranos de la infancia y adolescencia, esas vacaciones largas e inolvidables, hicieron de éste su segundo hogar. Cuando hace 30 años decide establecerse, eligió quedarse, quizás, con la sensación de que todo lo realmente bueno pasaba por aquí.

Se vinculó con la arquitectura desde muy temprano gracias a su madre que tenía un negocio de diseño y decoración, lo que le permitió vivir siempre en lugares muy lindos y de alguna manera fue determinante porque comenzó a disfrutar del buen gusto desde que nació. Empezó a interesarse en la arquitectura cuando estaba en 5° año del colegio, cursando algunas materias en la facultad para ver si le gustaba realmente. Le fascinó, se enamoró. Desde el primer año de la carrera trabajó en paralelo, siempre en estudios y un año antes de recibirse abrió el suyo con un compañero que, al día de hoy, es su socio en Paraguay.

Pero después de recibirse emprende un viaje épico y no fue por razones profesionales. Se sentía atraído por conocer cómo era la vida en otros lugares y se fue con la idea de caminar alrededor del mundo. Como si el mundo fuera chico y pudiera caminarlo tal El Principito. Y fue una experiencia fascinante, otra universidad. Viajó durante seis años, trabajando y recopilando historias inolvidables. Trabajaba un tiempo, y luego seguía, porque la idea era el recorrido, no era la búsqueda de un lugar, de nada en concreto, lo central era el viaje en sí mismo.

“Había así aprendido una segunda cosa muy importante: Que su planeta de origen era apenas más grande que una casa.” - Capítulo El Asteroide B612, El Principito de Anotine de Saint-Exupéry.

La experiencia dejó huella, no solamente en su arquitectura, sino en su forma de ser, de vivir, de cómo selecciona los lugares para estar. Como viajaba solo tenía que vincularse, en cada lugar se conectaba con su entorno, entendiendo que la real diferencia la hacen las personas.

Mucho de lo que vio lo terminó capitalizando en sus proyectos, por ejemplo recuerda uno que hizo para unos franceses en una playa bastante remota en Rocha. Se acordó de una aldea en el norte de Tailandia, a donde llegó haciendo trekking una semana y navegando por ríos. Encontró una aldea que era una maravilla, algo bien autóctono, en donde los lugareños hacían sus cabañas de bambú, rústicas, con sus problemas de construcción claro, pero le pareció genial cómo decidían dónde ubicar las cosas. Eran dos volúmenes con un deck flotante en el medio, todo hecho con bambú, sin clavos, como un patio central desde donde se miraba el valle, la selva y el río. Pensó “estos tipos son unos genios, mirá cómo aprendieron a vivir”. Fue la inspiración para un proyecto que terminó publicado en Francia. Una vivienda simple, con un criterio arquitectónico aldeano, nada usual, pero muy efectivo.

Proyectar y proyectarse desde Uruguay

Cuando finaliza su viaje decide instalarse en Uruguay, en La Barra. Era 1990. Recuerda que tenían que hacer de todo en esa época y a fuerza de necesidad se convirtieron en jardineros, paisajistas, decoradores, cortineros y se ríe cuando se recuerda limpiando una casa que tenían que entregar. Siempre, desde el principio tuvo mucho trabajo.

Sobre haber elegido Uruguay, ningún arrepentimiento, pero asoma el recuerdo de Miami. Hizo muchas obras en Estados Unidos y Miami era un lugar que él no quería ni pisar, sin embargo, lo conquistó, y tuvo mucho trabajo: reformó hoteles, rediseñó el interior de los típicos edificios bajos, proyectó viviendas, montó restaurantes y bares que funcionan en Miami Beach hasta ahora. Se encontró con el inicio de la reconstrucción de la ciudad y reconoce que a veces ha pensado lo tanto mejor que le hubiese ido económicamente quedándose allí. Pero no, eligió volver y siguió desarrollándose desde acá.

Montevideo le parece una ciudad arquitectónicamente fascinante y le apena que al estar inmersos en la economía latinoamericana no hay plata para mantenerla y tenerla reluciente. Tanto Buenos Aires como Rosario fueron ciudades que junto con Montevideo crecieron mucho antes de 1920, entonces los vestigios de esa arquitectura que arman la ciudad, son increíbles.

Los años 50 y 60 y Punta del Este han sido su gran inspiración. Por eso en los años 90, decidió volver a utilizar los mismos materiales y los tomó como elemento fundamental para desarrollar la arquitectura que quería hacer. Es como revivir ese Punta del Este que le encantaba. Hace poco salió a caminar con su mujer por La Mansa, de la parada 5 a la parada 10 y quedó feliz de ver que todo está prácticamente intacto. Disfrutó de las casas llegando hasta la vereda con sus jardines, sin cercos, sin rejas, o sea disfrutó del hecho que sigue existiendo el Punta del Este que recorría en bicicleta de chico. En la contracara está la situación de La Brava, porque opina que cuando hay un boom de construcción, hay que controlarlo, que no se puede aprobar todo, que hay que cuidar la calidad de aire, del espacio.

Siempre trabajó mucho, pero siempre intentó estar en movimiento en cuanto a su forma de proyectar, de ver la arquitectura. La evolución siente que le lleva dos o tres años, va pensando y lo va plasmando en proyectos. Necesita reinventarse y divertirse y es por eso que evoluciona creativamente.

Las casas y su modernismo contextualizado

El estudio, si bien desarrolla todo tipo de proyectos, tiene en las casas su fortaleza o al menos, es el nicho que tiene más repercusión. Es difícil elegir cuáles son las más representativas, entonces nos centramos en dos que muestran no solo la capacidad del estudio, sino más bien su ADN.

La historia de la primera es la siguiente. Martín tiene un amigo que hace unos años le dijo: “Tengo 45.000 dólares y quiero que me hagas una casa” y en vez de decirle que no, en vez de decirle que se comprara un departamento pequeño, le dijo “hagámosla”. Esa casa fue de las más chicas que hicieron: 50 m2 y un pésimo negocio, por supuesto, pero estaba fascinado con el proyecto. Curiosamente ese estilo se puso de moda en el mundo, y ésa en particular, como fue una casa bastante atrevida en su momento, fue sumamente publicada, incluyendo varias tapas en revistas italianas. El resultado final de ese proyecto no fue para nada negativo. Una tarde estaba en un bar tomando una cerveza y se le acerca un hombre que le dice “¿Vos sos Martín Gomez? Porque justo te venía a buscar por una casa que vi...”. Conclusión: terminó desarrollando un pueblo de aproximadamente 60 casas.

En lo opuesto, recuerda que vino un europeo a verlo para encargarle su casa en Punta del Este. En Europa y en Estados Unidos prefieren las grandes construcciones. Esta casa terminó con 4.500 m2 y en ese momento era más grande que cualquiera de los edificios que habían hecho. Fue un proyecto increíble, que lo obligó, en un momento, a dejar de lado todo lo que el cliente le había pedido y pensar en un formato de palacete. Le divirtió mucho este proyecto pero reconoce que pasó nervios al presentarlo. El alemán solo le dijo “brilliant” y nada más, se llevó los planos a Europa, los hizo revisar por sus arquitectos y avanzaron dándose todos los gustos.

A la hora de empezar un proyecto Martín toma muchas variables en cuenta: el emplazamiento, el terreno y sus características y cómo ubicar la construcción, pero lo que más lo condiciona es respetar el entorno.

“Hay muchos tipos de arquitectos con distintas actitudes frente a un mismo tipo de proyecto, trato de trabajar dentro de lo que defino como “modernidad”, me siento desprendido del movimiento moderno, pero siendo totalmente contextualista. Muchas veces el movimiento moderno irrumpía y dialogaba a través de las diferencias. Trato de mantenerme dentro del contexto porque me gusta que todo tenga continuidad. No voy a ser tan famoso por disrumpir. Me gusta más trabajar dentro del contexto. Yo creo que tengo una manera de pensar. Mi propuesta es el modernismo contextualizado y la gente va reconociendo una forma de hacer las cosas y un manejo de los materiales, porque me concentro bastante en eso y creo que la forma en la que usamos los materiales va describiendo un criterio en mi arquitectura.”

Las construcciones sustentables le parecen una oportunidad. Cada vez tienen más clientes que vienen pensando en que sus casas tienen que ser sustentables o por lo menos lo más posible. Todavía es caro hacerlo bien, pero los sistemas se van adecuando y hay más personas capacitadas en ese aspecto.

Pero más allá de las casas, deja en claro que se vincula con cualquier tipo de proyecto, una vivienda de 50 m2 o una de 4.500, un hotel, un restaurante, siempre son oportunidades para crear. Le gusta diseñar de todo y esa variedad, en el estudio, es bienvenida. En este momento está con muchísimo trabajo en los 3 países y los proyectos son diversos, donde se incluyen edificios de gran escala, edificios chicos, incluso un shopping en Paraguay.

Su vida personal hoy

Vive con Daniela, su mujer, y sus hijos (que aclara que son uruguayos): Miranda, Simón y la más chica, Aitana, que todavía está en el colegio. Los grandes estudian arquitectura en Buenos Aires, pero este año con la pandemia, pudieron pasar más tiempo acá.

En sus dos casas (acá y en Buenos Aires) tiene un espacio de trabajo, pero le encanta trabajar en el comedor y también en el jardín de invierno. La mesa del comedor permite compartir espacio con sus hijos, porque aunque tienen lugar de estudio y cada uno tiene su cuarto, a veces terminan todos juntos en el comedor. Un lío que disfruta.

La casa que está haciendo en José Ignacio para su familia es parte de “su ir evolucionando y cambiando”. La receta es el balance de las características del terreno, el lugar, las vistas, los vientos, el sol pero, sobre todo, contemplando cómo quiere vivir.

La arquitectura y la vida a partir de ahora

Su visión del futuro desde el punto de vista de la vida social y la convivencia en el planeta es bien interesante. Está convencido que habrá una vida más en aldeas que en ciudades. Este cambio, obviamente a partir del Covid, dio vuelta el pronóstico que planteaba que dentro de pocos años el 80% o más de la gente iba a vivir en ciudades y esas urbes iban a ser el modo de vida de la mayoría de la población del planeta. Sin embargo cree que ahora la tendencia se revertirá y las personas buscarán vivir más como en los pueblitos europeos: Calidad de vida, menos gente y por lo tanto menos riesgo de transferencia de virus. Si bien le parece horrible pensar a partir de un virus, entiende que lo que está pasando es determinante y cree que vamos a vivir más en pueblos, en playas, en campos, en montañas y menos en ciudades.

“Yo creo que habrá un retorno a la forma de vivir de antes, porque las casas más modernas o contemporáneas tuvieron su éxito a través de la búsqueda de espacios muy amplios que se abrieran hacia los espacios exteriores, y entre sí, como “grandes lofts”. Ahora, en este momento, lo que necesitamos es una casa más particionada porque, por ejemplo, no se puede ofrecer un espacio para que todos estudien o trabajen en un solo lugar. Me parece que las casas van a tener que contar con más posibilidades de abrirse y cerrarse, sí o sí tienen que contemplar la posibilidad de cerrarse. Ahora como que es todo junto, desde la cocina al living no hay nada, la mayoría son así. Creo que por ese lado tiene que haber un cambio y por otro lado, por ejemplo, tenemos que replantearnos qué va a pasar con los hoteles, los restaurantes... Los hoteles no deberían seguir funcionando como funcionaban, porque arquitectónicamente vamos a tener que pensarlos de otra manera para que haya menos contacto entre personas que no sabés de dónde vienen. Tendremos que pensar en menos convivencia, lamentablemente, y más lugares privados. Y lo mismo va a pasar en las oficinas que empiezan a ser un bien de poco uso.”

Con esa convicción plantea que desde la arquitectura se debe pensar no solo en los nuevos formatos de construcción sino también cómo deberían ser los pueblos. El desafío está planteado y Martín Gomez ya está pensando en cómo resolverlo y a pesar de la delirante situación global, se siente feliz por estar vivo: “Quiero estar vivito y coleando por muchos años porque me encanta la vida, me encanta mi trabajo, me encanta mi familia. Me gustaría pasar unos buenos años con mis hijos antes de que vuelen y siempre apostándole a la vida con mi mujer y seguir creciendo y disfrutando. Me gusta mi trabajo, me gustan los deportes, me gusta el día y la noche, soy muy entusiasta, ese es el problema que tengo, me gusta todo.”

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