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Daniela Coll

Tu amor por José Ignacio y pasión por la estética fueron el puntapié para crear La Esteña, esta casa de decoración en la esquina de Los Cisnes y Los Tordos, un “rincón en el mundo con cosas del mundo” ¿Cómo fueron esos inicios?

Fue por un montón de cosas. Un paso más en un camino que
ya venía trazando desde chica. Siempre fui audaz, diseñaba y cosía mi ropa, les decoraba el cuarto a mis amigas, mandaba confeccionar bikinis -que después vendía en el colegio-, tiñendo las telas en el baño con anilinas “colibri”, porque no quería comprar tela azul, quería hacer “mi” azul.

 

A los 18 años abrí mi primera tienda con una íntima amiga. Hacíamos ropa y accesorios, nos iba bárbaro con las chicas de nuestra edad. Después vino la facultad, periodismo y la revista Para Ti. La ropa y la decoración eran lo mío; me iba bien, me salía fácilmente. Es el campo donde me siento segura de lo que hago. Por eso, como tenía que trabajar, dejé el periodismo por esta pasión que me resultaba tan gratificante, donde fluía fácilmente.

 

Fabriqué durante años ropa para diferentes marcas y al mismo tiempo trabajaba en la revista hasta que llegó La Porteña. La Porteña era una tienda que era una joyita en las 5 esquinas del coqueto barrio de Recoleta, en Buenos Aires. Parecía una tienda en París o Londres. La tuve por casi 20 años, y ahora que lo miro a la distancia y que me cruzo por la vida con tantas mujeres
que compraban allí, pienso que fue una maravilla. Era distinta, colorida, y atrevidamente personal. Fabricaba ropa de lino y terciopelo de seda en Astoria, en las afueras de New York que luego teñía en tintorerías industriales. Trabajar con el color es fascinante, ver girar esas máquinas con colores que creamos para cada temporada era genial. Las ferias de New York, París
y Milán eran mi destino obligado todas las temporadas. Era un rincón en el mundo con cosas del mundo al igual que lo es ahora La Esteña.

 

Como la vida es dinámica y cambia, llegó la etapa de dedicarme a mi otra pasión, la decoración. Si lo pienso, siempre hubo un hilo conductor en mi vida, una coherencia. La búsqueda de la armonía y lo estético. Había llegado el fin de los talles y las cuatro temporadas con las que trabajaba: verano, primavera, otoño e invierno. Pero ese no podía ser el fin, amo trabajar, amo crear. A los cincuenta decidí volver a empezar, me moría de miedo, volver a comprometerme, empezar algo nuevo. Hacía algunos años que venía trabajando en decoración con Martin Gomez, mi marido, viajando mucho, visitando Ferias de Decoración y Arquitectura. Otra vez picaba el bichito. Abrí tímidamente las puertas y La Esteña explotó, fue un éxito desde el día uno. Hoy tengo La Esteña, mi nuevo amor, que ya tiene 5 años.

¿En qué punto sentís que La Esteña marca una diferencia con propuestas similares?

 

Me gustan las casas dinámicas, que cuando vas no digas: “Ésta casa es de gente grande o ésta de gente joven o en esta casa vive gente que se casó en los años 80’ o 90’. Con pequeños cambios las casas se alegran, se encienden. No se estancan. Así como pasa con la vida, con las personas, las empresas. Si los tiempos cambian y la vida se mueve ¿cómo una casa va a estar siempre igual?

 

En cuanto a la curaduría de los objetos, tu impronta es indiscutida. Alegría, color, buenas vibras, libros ¿Se puede decir que te basás en tu swing? ¿En tu criterio estético? ¿O seguís alguna tendencia?

Absolutamente. Me maravillan tanto los muebles clásicos que son íconos, como cosas nuevas. Soy una buscadora incansable. Viajo mucho, miro, recorro, busco.

 

¿Existe una búsqueda de una belleza atemporal?

Siempre. El amor, la verdad y la belleza: la tríada virtuosa. Así ando por la vida, buscando la mía y compartiéndola en La Esteña. Para quien quiera pasar y compartir mi mundito, bienvenido. Aquí estoy.

 

¿Cómo te llevás con el minimalismo?

Divinamente. Mientras haya armonía y calidez me encanta.

 

Cuando un cliente llega a La Esteña ¿Cuál es el espíritu de esta home-deco que sentís que va a encontrar?

Es una mezcla de sensaciones que en general a la gente le gusta tanto como a mí. Yo creo que elijo cosas que a la gente le gustan, de ahí el éxito.

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¿Cuesta desprenderse de esas piezas que

seleccionaste con tanta pasión?

De nada me cuesta desprenderme en La Esteña, cuando eligen algo que yo elegí me pongo feliz. Digo: ¡Bien Danielita, a la gente también le gusta!

 

Actualmente también brindan servicios de asesoramiento en decoración ¿Cómo funciona esta propuesta?

 

Se fue dando naturalmente. Me encanta ayudar a la gente a decorar sus casas, me pongo feliz cuando veo cómo van tomando forma, encuentran su onda, su propio ritmo. Un cliente feliz con su casa es felicidad también para mí. Nos pasó con la pandemia que

los clientes nos llamaban, nos preguntaban. ¡Y yo encantada! Me gusta conocer a las personas y sus casas, me gusta que me digan lo que quieren y trato de ayudarlos a lograrlo juntos.

 

¿Y los envíos a todo el país a través de las compras en la página web?

En este momento estamos enviando a todo el Uruguay y me emociona. Me encanta pensar que un cuadro, una alfombra o un objeto de la tienda se van a Paysandú Melo, Carmelo, tantos lugares. Siempre les pido que me manden fotos. Lo que hacemos también ahora

con la virtualidad es recorrer las casas de los clientes juntos, simplemente con el teléfono, por llamada de WhatsApp. Es muy dinámico y la pasamos bien. Otros nos mandan también los planos de sus casas y juntos vemos que se adapta mejor a sus espacios.

 

Que no debe faltar en un espacio/rincón de Daniela Coll

Alegría y calidez.

 

Casada con el arquitecto Martín Gomez, con una familia divina, a nivel profesional ¿en algún momento trabajan en equipo, se complementan? ¿Cómo se manejan?

Somos un equipo. Nos consultamos muchísimo. Trabajamos juntos. Acabamos de terminar nuestra casa en José Ignacio que diseñamos juntos.

 

¿Qué significa José Ignacio en tu vida?

José Ignacio en mi vida no es más de lo que es para
mí Punta del Este o Montevideo. Mi tienda está allí porque construimos nuestra casa en este lugar. Este país me dio a mi marido y vio nacer a mis hijos. Vengo desde chica, mi abuela amaba el Uruguay tanto como yo. Radicada en el año 1993, seguí trabajando muchos años más en Argentina y también en Uruguay. Ahoraque la idea es quedarnos definitivamente. Estamos desarrollando un proyecto con mi marido y dos grandes amigos: ¡La vida es entusiasmo, la vida son proyectos!